Manual de Vinos |

¿Por qué el vino?

  

Es frecuente que en las reuniones en las que sale a relucir el tema del vino, se me pregunte el por qué de mi entusiasmo y pasión por este tema. Y han sido tantas las veces que he tenido que repetir mis razones y por solicitud del amigo Federico Alberto Galdeano, a quien tuve el placer de conocer durante su visita a Panamá, he querido compartir con todos mis amables lectores, estas razones y reflexiones.

 

Antes de estudiar Medicina en España, mi conocimiento acerca del vino era tan limitado que únicamente sabía que existían vinos blancos, tintos, rosados y champañas. Ya estando en Salamanca en la que como todo estudiante, alternaba el estudio con la diversión, el vino era el compañero ideal: siempre disponible, económico y listo para celebrar o consolar los éxitos o los fracasos en los exámenes, además de brindarnos calor durante el invierno y refrescarnos durante el verano.

 

Este vino de estudiante era humilde, sin padres ni pretensiones. Lo comprábamos en las bodegas del barrio donde por cinco pesetas nos llenaban una botella de a litro y de nuestro líquido compañero no sabíamos más detalles y tampoco nos interesaba; lo aceptábamos tal cual era.

 

Un poco más avanzado en los estudios fui invitado a visitar una bodega. Allí comencé a comprender detalles que hasta ese momento habían pasado desapercibidos. El vino no era sólo el compañero de fiestas, era algo más. Sí tenia patria, padres y había sido creado con amor. Mis ojos se abrieron a un nuevo mundo hasta ese momento desconocido.

 

Durante el recorrido nos explicaban sucintamente todo el proceso de la vitivinicultura. Conocí de viñas, podas, riegos, injertos, vendimias, despalillado, prensa, fermentación, remontaje, filtrado, crianza y demás fases del proceso. Cuando llegó el momento en que nos enseñaron a catar los vinos que nos ofrecían, aprendí de color, aroma, sabores, tacto, peso y retrogusto.

 

Como resultado de esa experiencia me he dedicado a profundizar en el conocimiento de tal actividad, obteniendo información de todas las fuentes a mi alcance y cada vez que asisto a un congreso médico, trato de elegir aquellos que se desarrollan en países productores de vinos y de esa forma aprovecho la oportunidad para adquirir nuevos conocimientos en ambos campos del saber. No satisfecho con la formación autodidacta, recibí educación formal en la Escuela de Ingenieros Técnicos Agrícolas de Madrid durante un curso dictado por la Universidad Complutense de Madrid y la Fundación de Amigos del Vino.

 

He comprendido que el vino es el resultado del esfuerzo, sudor, esperanza y riesgo que viven todos los que en su elaboración participan. Es la suma del trabajo de muchos seres humanos. Desde el más humilde agricultor que le corresponde arar la tierra, pasando por el podador, vendimiadores, enólogos y las demás personas que siembran mirando al cielo, no sólo pronosticando el tiempo sino rogando a Dios porque no se malogre tanto esfuerzo.

 

Cada botella conserva el conjunto de emociones que vivieron los protagonistas de tan riesgosa aventura: alegrías, tristezas, esperanza, decepciones, triunfos y fracasos.

 

Por todo lo que he aprendido del vino, cada vez que descorcho una botella y escancio su contenido en una copa, lo miro con respeto y antes de degustarlo, brindo por todos los que me han permitido disfrutar de tan noble bebida.